miércoles, 25 de febrero de 2015




FLAMENCA


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Encorsetada en el autobús me encontré inmersa en una conversación entre una señora mayor y una pareja de jubilados. En la incomodidad de un trayecto abarrotado, intentando esquivar la claustrofobia del momento, me vi integrada en la historia, produciendo en mí una sonrisa y sobre todo haciéndome huir de mi angustia.

La susodicha “señora mayor” era una abuela catalana que iba describiendo a la pareja de jubilados los hijos y los nietos que tenía. Los enumeraba uno a uno: nombre, edad y características generales.
En su recital genealógico llegó a su nieta de siete años. Una niña muy avispada y abierta, con inquietudes muy variopintas. Entre ellas destacaba una que a la abuela le pareció muy divertida, aunque no tanto al padre de la criatura. Resulta que la pequeña pidió para reyes un vestido de flamenca. (La cosa empezó a interesarme y me olvidé de la falta de oxígeno). Pero el padre resultó ser un señor muy serio, profesor de catalán e independentista acérrimo (palabras literales de la abuela). Ante semejante petición el padre se negó rotundamente. ¡Cómo iba a ir vestida de española con lunares!. Como alternativa le ofreció un disfraz de caperucita roja (un poco aburrido la verdad, es lo primero que pensé).

La niña le respondió: ¡No papa, jo vull un vestit de flamenca. Es que jo em sento flamenca!.

Genial!.   No quería un vestido de flamenca, es que se sentía flamenca. ¿Realmente la pequeña sabía diferenciar entre “sentirse” y “querer”. Por lo visto sí, porque llegó el día de Reyes y el padre le regaló el anticuado disfraz de caperucita y la abuela, como no podía ser de otra manera, le regaló el vestido de flamenca con sus respectivos zapatos de tacón coloraos.

Qué alegría más grande. Qué lunares más bonitos. Qué felicidad!!!!

El padre no pudo soportarlo y mostró su enfado a la abuela.
La niña se dirigió a su padre y le volvió a decir:  “Ho sento molt papa, però has d’entendre que jo em sento flamenca”.

Y llegó mi parada y bajé sonriendo. Qué niña más graciosa. Intentaba disculparse ante su padre de un simple deseo, con el cual no hacía daño a nadie. Entonces entendí por qué utilizó la forma verbal “em sento” y no el de querer “ jo vull”. Lo utilizó aplicando los mismos argumentos que utilizaba su progenitor.  Su padre era independentista porque no se sentía español, cosa perfectamente respetable. Ella quería un vestido de flamenca porque se sentía flamenca. Ante ese tipo de sentimiento nadie te puede imponer nada. Ni España a su padre, ni su padre a ella.

Pero la anécdota en sí dice mucho del escenario. Triste momento llegar a esta situación. ¿Qué diferencia hay entre un disfraz de flamenca y uno de hawaiana?. Los disfraces son sólo disfraces para romper el entorno, para ser algo que nunca eres, o para ir como te sale de la nariz.
Hacer sentir a una niña culpable por querer un disfraz de española (en realidad andaluza) es tan sectario como no querer que compres cava porque es catalán.

Y esta es la situación. España ha tensado tanto la cuerda que en Cataluña la han roto.
Cómo me gustaría una España donde todas nuestras diferencias fueran respetadas. España no lo ha hecho bien. No han respetado algo tan sencillo como “sentirse catalán”. No ha respetado que una cultura y una lengua no se pueden pisotear. Y en vez de aplicar la tolerancia y la inteligencia, donde sentirse primero catalán no era incompatible con formar parte de España como conjunto de culturas ricas y diferentes, se ha aplicado el cerrojo y el dogmatismo.
Y ante un dogmatismo centralista surge un nacionalismo dogmático. Pobre España!!!!.

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