viernes, 6 de marzo de 2015





TEMPS






Desde la puerta de casa despido a mi madre todas las noches. Observo sus pasos lentos. De vez en cuando se gira para mirarme. Yo la sigo con la mirada hasta que entra en el portal.
Ralentizo sus movimientos torpes y solitarios. Acostumbrada a verla junto a mi padre me asoma la tristeza de su marcha.

Ella asume con resignación su cojera. Le falta su apoyo, su marido. Camina con determinación pero sola, asumiendo que el destino que estuvo a su lado en los peores momentos le ha jugado una mala pasada.

Yo lucho diariamente contra el tiempo. Busco llenar el vacío de sus horas, pero el día es muy largo y no puedo llegar a consumirlo en su totalidad. Sé que para ella una hora es un mundo. Para mí una hora es un instante.

Su tiempo no es mi tiempo. El suyo es un vacío al que no encuentra sentido. No lo cubre, no lo vive.

Intento regalarle el mío.

No sé si lo consigo. Pero cuando desparramo mi tiempo en no hacer nada, cuando lo invierto en mi propia soledad, siento que le estoy privando a ella de su tiempo, ese que no sabe administrar, quizás porque no le interesa, quizás porque no puede, quizás porque no sabe.

Desde la puerta de casa despido a mi madre todas las noches y el regalo de mi tiempo se ha terminado.